Pensamientos: Sobre el tamaño del mundo (y el hombre)
Justo ahora, embarcado de camino a Milán, por donde pasaré brevemente antes de pisar mármol ateniense, me agita favorablemente la experiencia del viaje: de la travesía en el mundo que inevitablemente conlleva su ampliación. Constantemente repito, porque lo aduce mi madre y yo lo he verificado, con claridad, que el mundo es notablemente «más grande». Esta inmensidad, que es invisible, es siempre mayor que cualquier otra cosa. No pretendo que mi opinión sea malinterpretada: el mundo no es, de ningún modo, el suelo extranjero. El mundo es también uno mismo. La profundidad del mundo no depende de los viajes acumulados, sino de las modalidades del pensamiento que nos gobiernan de costumbre y, ante todo, de la autoconsciencia que de ellas brota. Que hay algo más allá es un sinónimo de ello y un hecho que, según supongo, no debo probar: pues se asiente universalmente. Siempre hay algo más allá: en términos quizá más comunes, otros amigos, otro empleo, otro amor y, presumiblemente, todo esto descansa en el futuro con relativa abundancia. Después del sufrimiento hay, en consecuencia, más sufrimiento, pero esto aplica también para la felicidad y los restantes sustantivos que hacen vibrar, como se dice, positivamente al corazón. El mundo está siempre delante de uno mismo: un día entero es la muestra de ello. Esto ya lo verificó Joyce al servirle a la literatura con su Ulises. Entonces existe incondicionalmente un día más. Si bien el progreso no es siempre unilateral, pisa forzosamente hacia adelante. Los espacios, conforme a las épocas, y el conocimiento afín marchan siempre hacia lo desconocido. Esta «naturaleza anónima» es el gran mundo al que todos estamos equivalentemente aproximados: es sombrío y nebuloso, es verdad. El mundo es más grande, comparablemente más grande, que cualquiera de sus partes. Por eso ningún hombre está auténticamente llamado a ser extraordinario. Es un hecho evidente. Nuestra existencia, aunque se asevere sin verbalizarlo, como tal, no es protagónica: ya se derogó hace más de dos siglos. Es lamentable escuchar la opinión de jóvenes que ya han sido devorados por su traumático pasado y ocultados por el mundo: por el suyo propio que es, según la complacencia de sus deseos, infinitamente mayor que el que nos contiene simultáneamente a todos. Siempre que se pueda, es un deber procurarse el bienestar. Siempre que se consigan las condiciones vitales para ejercer libremente la vida, es categórico y además un acto de humanidad, portar y disfrutar este emblema. Negárselo atenta contra la vida misma: pese a que reparar esta certidumbre con claridad suponga oponerse enfermizamente a ella continuamente: antes y después de haberlo entendido. Experimentar la vida, la buena vida, es un regalo que merece ser agradecido y persistentemente pretendido por uno mismo. Cuando este agradecimiento cesa, por cualesquiera razones, se multiplican las dificultades que nos aquejan al remar en el frondoso mar de problemas al que, también invasivamente, nos enfrentamos. Que existen los susodichos problemas es algo que no negaré, en efecto. Al contrario: este discurso presiente su existencia. No son ellos, sin embargo, meros puentes o agentes medianeros de un bien mayor. Cabe recordar, nuevamente, que el mundo está más allá. Puesto que hay mundo en el contorno interminable del mundo, este mar se hace tan estrecho y pequeño que, al enrarecerse como gota, se seca, se evapora y después se inflama. Se inflama para consumirse y desaparecer. No he reproducido con suficiente emoción este pensamiento. Confieso, y garantizo, que es aún más prolijo y convincente: ya volveré a él algún día.
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